Así me vi el otro día, como una mamá en el país de las “maravillas”, delante de dos mujeres en posiciones de poder (nota: una de ellas con tres hijos). Y allí, frente a ellas, todavía pensaba que entenderían la situación de una madre con dos hijos, uno de ellos todavía un bebé y cómo era prácticamente imposible poder cuadrar las vacaciones escolares.

Aunque sabía que la batalla estaba perdida, en lo más profundo...

...de mí todavía quedaba un ápice de esperanza, creía que podrían llegar a entender la imposible tarea de conciliar, a lo que, en este caso, se agregaba todavía una lenta recuperación postparto. Como si de un juicio se tratara, por fin conseguí audiencia con sus “señorías”, sigilosamente tomamos asiento y delante de mí apareció la “Reina de Corazones”, con un veredicto ya tomado incluso antes de pronunciar mi primera palabra. Ambas se unieron contratacando cualquiera de mis argumentos, solo pedía unos días en pleno verano para poder estar con mis niños. Me hubiera encantado grabar la conversación que aún hoy todavía retumba en mi cabeza, me lanzaron todo tipo de lindezas tales como recriminaciones hacia mi persona por no pensar en mis compañeros, de estar siempre dando guerra, a lo cual no me callé y dije que la empresa debía velar por los trabajadores y ofrecer los medios necesarios para que todos pudieran cogerse las vacaciones, pero claro para la mayoría de empresas es mucho mejor ahorrarse personal y que sean los propios trabajadores en plantilla los que acarreen con todo el trabajo. Así que mis palabras cayeron en saco roto cuando la “Reina de Corazones” acabó diciéndome:

-          Ya sabes, sino te gusta lo que hay puedes denunciar

Al terminar la conversación me levanté y me fui sosteniendo las lágrimas de impotencia como pude, pero allí en un rincón tranquilo conseguí la calma cuando entendí que la vida es demasiado corta para amargarse y hay cosas que no puedes cambiar tu sola pero por lo menos si puedes dar guerra y no acatar sin más las injusticias. Así que salí de allí con la cabeza bien alta y con una imagen en mi cabeza que me sacó una sonrisa, la de ella, la de mi jefa, diciéndome “¡Que le corten la cabeza!”.

 

               
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